Reseña sobre 'Distópica'

 
Imagen cortesía de  Distópica

Imagen cortesía de Distópica

Hay uno o varios flujos de revistas en línea que intentan hacer, deshacer, constituir o discutir a la espera de que algún motor de búsqueda las ubique provisoriamente, entre las primeras opciones que adquieren forma en la bestia omnipresente que hoy llamamos: Internet. Campo de acción donde han decidido intervenir el comité editorial, los escritores y artistas visuales de la revista, teniendo en cuenta la irremediable brevedad con la que consumimos productos simbólicos en línea. Se enfrentan a lo virtual, donde el triunfo es fracaso. Pero, ¿qué sería de la literatura sino buscara la derrota? Distópica lo muestra, exponiendo  en el camino, como acto de rebeldía varias dificultades: la inconsistencia de los talleres literarios en El Salvador, la falta de compromiso de algunos editores y la escasa inversión e indiferencia por parte del gobierno, enfermedad de enfermedades. Vale la pena preguntarse ¿cómo subsistir desde el campo cultural a la violencia política?, ¿cómo sobrevivir en un país donde la lectura se incentiva poco o nada?  Por esto quizá, desde un inicio, el lector sabe que la revista es un error, no debería existir. Por esto, la portada es una equivocación, no se puede explicar lo distópico desde lo distópico. El arte es el mensaje; lo demás, sobra. 

Pedro Romero Irula en “Estrella llamada Ajenjo” establece una leve conexión -incosciente- con “El cometa Halley” de Reinaldo Arenas; los dos textos mezclan la moral de turno, los mecanismos de opresión religiosa, el cataclismo que no llega y es reemplazado por eventos desafortunados, en medio de una narrativa envolvente que no permite descanso. A pesar de que el cometa representa el hilo conductor en los dos cuentos, debido  a la importante marca que dejó en las subjetividades religiosas de nuestra América, Pedro reafirma su postura estética jugando con la voz de los personajes, lejanos en edades pero cercanos en la desventura, introduce escenas que apelan a la naturalización de distintas problemáticas que serían imposibles imaginar fuera de El Salvador o Centroamérica. En su escritura, cada acto violento es un retrato del desencanto convertido en ficción. Avanza y retrocede; el texto se desprende del creador y no busca congraciarse con nadie. 

“Panópticon” gira en torno a la presencia de lo invisible, parece una bomba que busca arremeter contra la bomba misma, lo cotidiano. Su autor toma un fusil que entrega al lector para disparar junto con él, matar y continuar como si nada. La escritura de Portillo representa  un mecanismo contestatario, político, filosófico y social. El autor no tiene rostro, tiene  literatura. Esconde bien los dispositivos de lucha, los convierte en recursos, estilo. De todas formas, no estaría mal una relectura. El relato posee tintes de novela. Podrían haberse descartado dos o tres escenas que no conectan, aparecen forzadas, como si pertenecieran a un capítulo ulterior. 

Zamora escribe poesía, se le permite todo. No por su recorrido en el circuito literario yankee, sino más bien porque su escritura ya no necesita introducciones. El riesgo, sin embargo, es que parece estar encaminado hacia “arena movediza.” Se puede evidenciar este síntoma en “Vivíamos en el pulgarcito”, la exhortación del relato de vida, la denuncia y el olvido, el énfasis por pertenecer a la otredad, por idealizarla-romantizarla. La prosa se vuelve descriptiva y queda demasiado cerca al melodrama. Señalando una víctima, que a la vez sufre y se siente especial. 

No pude dejar de pensar en un híbrido entre los episodios Fifteen million merits y Nosedive de Black Mirror y el uso de las drogas en la película Limitless mientras leía “Los hijos del Lacandón.” Augusto tiene intensidad y su escritura parece un guión cinematográfico cautivante pero que a la vez se convierte en ambigüedad. Los lugares donde suceden los hechos pueden homologarse a la realidad de cualquier país que continúe trazando divisiones entre civilización y barbarie. Hubiera resultado más interesante trenzar la ambientación a un lugar específico, que aquel “ojo que todo lo ve” sea la prosopopeya de un gobierno, el salvadoreño quizá. Algo similar sucede con “Ritos o el dios descarnado”: el sentido mitológico y el camino de iluminación hacia la conciencia de clase puede malograrse en la experiencia lectora; queda todo muy distante, no hay indicios claros, ni cercanía del autor con problemáticas específicas de la región. Hay un intertexto-referencia presente: Lolita de Nabokov, demasiado notorio. ¿Desde dónde escribe el que escribe?  

“Oro rosa” marca discordia, se mueve dentro de la revista como nómada y recuerda al lector que la literatura no está contenida. Manifiesta denuncia hacia el machismo impuesto y aceptado; Patricia irrumpe con fuerza, no es fácil escribir sobre un hecho que se repite a diario y, menos aún, de la forma en que nos lo cuenta su texto. El por qué, la intimidad del derrotado. La protagonista que está en continua búsqueda porque no le queda otra opción; el cliché de la soledad tiene la medida justa, no lo nombra. Lo narra. 

Distópica representa esa contradicción que atrapa; Distópica implanta dudas, que se registran y sumergen en el flujo virtual; Distópica actúa y trasciende al paratexto, supera lo analógico para manifestarse ante un mayor número de lectores; Distópica se convierte en una pieza más de la insurgencia que no puede contenerse. Le queda una sola deuda, la articulación entre la distopía y el lector salvadoreño, ¿cómo conciben la distopía desde su entorno?, ¿distopía o realidad?, ¿acaso tienen opción?, ¿por qué naturalizan lo que naturalizan? No todos huyeron del peligro, los bastardos se quedaron, porque no les queda otra. La realidad no les pregunta si quieren o no, pertenecen y punto. Allí radica el aspecto romántico del número, la esencialización de la violencia como recurso narrativo: ¿a qué lector apuntan?, ¿a quién quieren interpelar?, ¿la distopía no es una categoría de la otredad? Entre los desafíos más grandes de toda literatura nacional está evitar la centralización de las temáticas hacia un solo aspecto por un periodo demasiado extenso. No convertir la problemática social en un objeto simbólico que sirva de arquetipo para crear consumos cultural más interesantes. ¿Cómo hacerlo? No sé, pero sería interesante plantearlo para futuros proyectos, propuestas editoriales o antologías. Qué hay por fuera de las “ganas de matar y morirse” por donde ya pasaron Castellanos Moya, Dalton, Hernández y ahora los distópicos.